—¿Quién me lo quitó? ¡Me lo escondieron! ¿Dónde está? Estoy segura de que alguien lo tomó y se lo llevó. ¡Me lo robaron!

Así se levantó Marta de su sillón después de pasar algunas horas hojeando revistas.

Teresa, su cuidadora, se acercó con calma, la miró a los ojos y le dijo:

—Veo que está preocupada, señora Marta. ¿Perdió su celular?

Marta asintió mientras miraba hacia todos lados.

—¡Me lo robaron!

Teresa observó discretamente y se dio cuenta de que el teléfono estaba en el bolsillo de Marta.

Podría haberle dicho inmediatamente: "Señora Marta, lo tiene en el bolsillo." Pero sabía que eso probablemente la expondría, la haría sentir avergonzada y terminaría en una larga discusión.

En lugar de eso, la ayudó a incorporarse y le propuso:

—Busquémoslo juntas por toda la casa.

Teresa conocía bien a Marta. Sabía que incorporar actividad física había sido uno de los mayores desafíos de su cuidado. Caminar, moverse o simplemente salir a pasear era difícil. Y también sabía algo que la familia había aprendido con el tiempo: los días en que Marta se movía poco, las noches solían ser mucho más agitadas.

Así que aprovecharon la oportunidad.

Buscaron en la cocina. Entre los muebles del living. En el comedor. Salieron al balcón. Movieron cojines, revisaron cajones, miraron debajo de las sillas.

Mientras recorrían la casa, Marta ya parecía menos angustiada. Poco a poco, incluso iba olvidando qué era exactamente lo que estaban buscando.

Al llegar al dormitorio, Teresa, con total naturalidad, sacó el teléfono del bolsillo de Marta y lo dejó discretamente bajo la almohada.

Unos segundos después, Marta sonrió.

—¡Aquí estaba!

Volvió tranquila a su sillón. Tomó once junto a Teresa. No volvieron a hablar del celular.

Esa noche durmió bien.

Muchas familias creen que cuidar a una persona con demencia consiste en corregir constantemente aquello que recuerda de forma diferente. Pero, en la mayoría de los casos, discutir sobre los hechos no disminuye la angustia: la aumenta. Aunque la memoria falle, las emociones siguen siendo completamente reales.

Marta no necesitaba una explicación. Necesitaba sentirse acompañada.

Y Teresa entendió que, ese día, encontrar el celular era mucho menos importante que devolverle la tranquilidad.

A veces, cuidar no consiste en demostrar que uno tiene la razón. Consiste en preguntarse qué necesita realmente la otra persona. Y muchas veces, la respuesta es mucho más simple de lo que imaginamos.

A veces es mejor ser amable que tener la razón.